martes, 6 de septiembre de 2016

Los tres pelos de oro del diablo


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Había una mujer que dio a luz un hijo, el cual nació de pie, por lo que la predijeron que a los catorce años se casaría con la hija del rey.

Por los mismos días pasó el rey por aquella aldea sin que nadie le conociese, y preguntando lo que había de nuevo, le respondieron que acababa de nacer un niño de pie, y que todo lo que emprendiese le saldría bien, y que le habían vaticinado que cuando tuviera catorce años se casaría con la hija del rey.

El rey tenía muy mal corazón, y esta predicción le incomodó. Fue a buscar a los padres del recién nacido, y les dijo en tono amistoso:

-Vosotros sois unos pobres; dadme a vuestro hijo, y yo cuidaré de él.

Negáronse desde luego, mas el forastero les ofreció mucho oro, y se dijeron a sí mismos: «Puesto que el niño ha nacido de pie, todo lo que le suceda será por su bien». Y acabaron por ceder y entregar a su hijo.

El rey le puso en una caja y le llevó a orillas de un río, donde le arrojó pensando que libraba a su hija de un amante con el que no contaba. Pero la caja en vez de irse a fondo, comenzó a flotar como un barquichuelo sin que entrase en ella ni una sola gota de agua; la corriente la arrastró hasta dos leguas mas allá de la capital, donde se detuvo junto a la esclusa de un molino. Un criado del molinero, que se hallaba allí por casualidad, la vio y la sacó con un garfio, esperando encontrar al abrirla grandes tesoros, pero se halló con un niño muy bonito, despierto y alegre. Le llevó al molino, y el molinero y su mujer, que no tenían hijos, le recibieron como si se le hubiera enviado Dios. Trataron muy bien al huerfanito, que creció en su casa en fuerzas y en buenas cualidades.

Sorprendido un día el rey por una tempestad, entró en el molino, y preguntó al molinero si era hijo suyo aquel joven.

-No señor -le contestó-, es un expósito que hemos encontrado en una caja que arrastró el agua hasta la esclusa del molino hará unos catorce años; mi criado le sacó del agua.

El rey conoció entonces que este era el niño que había nacido de pie y que arrojó él al río.

-Buenas gentes -les dijo-; ¿no podría este joven llevar una carta de parte mía a la reina? Le daré dos monedas de oro por su trabajo.

-Lo que mande V. M. -le contestaron-, y dijeron al joven que se preparase para ponerse en camino.

El rey envió a la reina una carta en que la mandaba prender al portador, darle muerte y enterrarle, de manera que a su regreso lo encontrase hecho todo.

El muchacho se puso en camino con la carta, pero se extravió y llegó por la noche a un bosque muy espeso. A lo lejos distinguió una débil luz en medio de las tinieblas, y dirigiéndose hacia aquel lado llegó a una casita pequeña, donde se encontró una vieja sentada junto al hogar. Sorprendida al ver al joven, le dijo aquella mujer:

-¿De dónde vienes y qué quieres?

-Vengo del molino -respondió-, llevo una carta a la reina, me he perdido en el camino y quisiera pasar la noche aquí.

-Desgraciado joven -le replicó la mujer-, has caído en una caverna de ladrones, y si te encuentran aquí, morirás sin remedio.

-A Dios gracias -dijo el joven-, no tengo miedo, y además estoy tan cansado que me es imposible ir más lejos. Se echó en un banco y se durmió; poco después llegaron los ladrones y preguntaron incomodados por qué se hallaba allí aquel forastero.

-¡Ah! -dijo la vieja-, es un pobre niño que se ha perdido en el bosque y le he recibido por compasión; lleva una carta a la reina.

Los ladrones pidieron la carta para leerla, y vieron que contenía la orden de dar muerte al portador. A pesar de la dureza de su corazón se compadecieron del pobre diablo; el capitán rompió la carta y puso otra en su lugar, en que decía que tan pronto como llegase se casara el joven con la hija del rey. Después los ladrones le dejaron dormir en el banco hasta la mañana siguiente, y en cuanto despertó, le entregaron la carta y le enseñaron el camino.

Apenas recibió la carta, ejecutó la reina lo que se decía en su contenido, se celebraron las bodas con magnificencia la hija del rey se casó con el niño nacido de pie, y como era guapo y amable vivía a gusto con él.

Algún tiempo después volvió el rey a su palacio y vio que se había cumplido la predicción, y que el niño nacido de pie se había casado con su hija.

-¿Cómo habéis hecho eso? -dijo-; yo había dado en la carta una orden muy diferente.

La reina le enseñó la carta, y le dijo que podía ver lo que contenía.

La leyó y vio que habían cambiado la suya.

Preguntó al joven lo que había hecho de la carta que le había entregado, y por qué había dado otra.

-No sé nada de eso -replicó el joven-, a menos que no la hayan cambiado la noche que pasé en el bosque.

El rey, encolerizado, le dijo:

-Esto no puede quedar así; el que pretenda a mi hija debe traerse del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Tráemelos, y entonces te pertenecerá mi hija.

El rey, al darle esta comisión, creía que no volvería más.

El joven le respondió:

-No tengo miedo al diablo, iré a buscar los tres pelos de oro.

Y se despidió del rey y se puso en camino.

Llegó a poco delante de una gran ciudad, a cuya puerta le preguntó el centinela cuál era su estado, y lo que sabía.

-Todo -le respondió.

-Entonces -dijo el centinela-, haz el favor de decirnos por qué la fuente de nuestro mercado, que antes daba siempre vino, se ha secado y no mana mas que agua.

-Esperad -le respondió-, y os lo diré a mi regreso.

Más lejos, llegó delante de otra ciudad; el centinela de la puerta le preguntó cuál era su estado y lo que sabía.

-Todo -le contestó.

-Entonces haz el favor de decirnos por qué el árbol grande de nuestra ciudad, que antes daba siempre manzanas de oro no produce ya ni aun hojas.

-Esperad -le respondió-, y os lo diré a mi regreso.

Más lejos todavía llegó delante de un ancho río que necesitaba pasar. El barquero le preguntó su estado, y lo que sabía.

-Todo -le respondió.

-Entonces -dijo el barquero-, haz el favor de decirme si debo permanecer siempre en este puesto sin ser relevado nunca.

-Espera -le contestó-, y te lo diré a mi regreso.

Al otro lado del agua encontró la boca del infierno estaba negra llena de humo. El diablo no se hallaba en su casa, pero encontró a su patrona, que estaba sentada en un sillón grande.

-¿Qué quieres? -le preguntó, con un tono bastante dulce.

-Necesito tres pelos de oro de la cabeza del diablo, sin lo cual no puedo vivir con mi mujer.

-Mucho pedir es eso -le dijo-, y si el diablo te ve cuando entre, pasarás un rato muy malo; sin embargo, tengo interés por ti, y voy a procurar ayudarte.

Le convirtió en hormiga y le dijo:

-Ocúltate en los pliegues de mi vestido; aquí estarás seguro.

-Gracias -la contestó-; creo que esto va bien; pero necesito además saber tres cosas: por qué una fuente que manaba siempre vino, no mana ya ni aun agua; por qué un árbol que daba manzanas de oro, no produce ya ni aun hojas, y si cierto barquero debe permanecer siempre en su puesto sin ser relevado nunca.

-Esas son tres preguntas muy difíciles, pero no tengas cuidado, está con atención a lo que diga el diablo cuando le arranque los tres pelos de oro.

Por la noche volvió el diablo a su casa, y apenas había entrado, notó un olor extraño.

-¿Qué hay aquí de nuevo? -dijo-; huele a carne humana. Registró todos los rincones, pero sin encontrar nada, y la patrona le armó una quimera.

-Acabo de barrer y de arreglarlo todo -le dijo-, y vas a desarreglarlo; siempre estás oliendo a carne humana, siéntate y cena.

Como estaba cansado, en cuanto cenó, puso la cabeza en la rodilla de la patrona, y la dijo que le espulgase un poco, pero no tardó en dormirse y roncar. La vieja cogió un pelo de oro, lo arrancó y lo puso a su lado.

-¡Ay! -exclamó el diablo-, ¿qué haces?

-He tenido un mal sueño, dijo la patrona, y te he agarrado del pelo.

-¿Qué has soñado? -la preguntó el diablo.

-He soñado que la fuente de un mercado que manaba siempre vino, se ha secado y no da ya ni aun agua; ¿cuál puede ser la causa?

-¡Ah! ¡si lo supieran! -contestó el diablo-; hay un sapo en la fuente debajo de una piedra, no tienen mas que matarle y volverá a manar vino.

La huéspeda se puso a espulgarle otra vez, se volvió a dormir y comenzó a roncar.

Entonces le arrancó el segundo pelo.

-¡Ay! ¿qué haces? -exclamó el diablo encolerizado.

-No te muevas -le respondió-, es un sueño que he tenido.

-¿Qué has soñado? -la preguntó.

-He soñado que en cierto país hay un árbol, que daba antes manzanas de oro, y ahora no tiene ni aun hojas; ¿cuál puede ser el motivo?

-¡Oh! ¡si lo supieran! -replicó el diablo-; hay un ratón que seca la raíz; no tienen mas que matarle y el árbol volverá a producir manzanas de oro; pero si continúa royéndola, se secará por completo. Ahora dejadme en paz tú y tus sueños. Si me vuelves a despertar, te daré un bofetón.

Pacificole la patrona y volvió a espulgarle hasta que se durmió y comenzó a roncar. Entonces le arrancó el tercer pelo de oro. El diablo se levantó gritando y quería pegarla; pero ella le supo engañar, diciéndole:

-¿Quién puede librarse de un mal sueño?

-¿Qué has soñado ahora? -la preguntó con curiosidad.

-He soñado con un barquero que se queja de estar pasando siempre el río con su barca, sin que le reemplace nunca nadie.

-¡Ah! el tonto -repuso el diablo-, no tiene mas que poner el remo en la mano al primero que vaya a pasar el río y quedará libre, viéndose el otro obligado a servir a su vez de barquero.

Como la patrona le había arrancado los tres cabellos de oro y había sabido las tres respuestas que quería saber, le dejó en paz y él se durmió hasta la mañana siguiente.

Apenas hubo el diablo salido de la casa, cogió la vieja a la hormiga de entre los pliegues de su vestido, y volvió al joven su forma humana.

-Ahí tienes los tres cabellos -le dijo.

-¿Has oído bien las respuestas del diablo a tus tres preguntas?

-Muy bien -respondió-, no las olvidaré.

-Entonces ya no tienes cuidado -le dijo-, y puedes seguir tu camino.

Dio gracias a la vieja por lo bien que le había ayudado, y salió del infierno muy contento de haber tenido tan buena fortuna.

Cuando llegó donde estaba el barquero, se hizo pasar al otro lado antes de darle la respuesta prometida, y entonces le dio el consejo del diablo.

-No tienes mas que poner el remo en la mano al primero que venga a pasar el río.

Poco después llegó a la ciudad, donde se hallaba el árbol estéril, el centinela esperaba también su respuesta.

-Mata al ratón, que roe las raíces -le dijo-, y volverán a nacer las manzanas de oro.

El centinela le dio en agradecimiento dos asnos cargados de este metal precioso.

Tocó, por último en la ciudad, cuya fuente estaba seca, y dijo al centinela:

-En la fuente, debajo de la piedra, hay un sapo; buscadle: y matadle, y volverá a correr el vino en abundancia. El centinela le dio las gracias, y dos asnos además cargados de oro.

El niño nacido de pie llegó por último donde se hallaba su mujer, que se regocijó de todo corazón por su regreso, y en particular al saber que todo le había salido bien.

Entregó al rey los tres pelos de oro del diablo; el rey quedó muy satisfecho al ver los cuatro asnos cargados de oro y le dijo:

-Ahora has cumplido ya con todas las condiciones, y mi hija es tuya. Pero, querido hijo mío, dime, ¿de dónde has sacado tanto oro? Pues has traído un verdadero tesoro.

-Lo he cogido -le contestó-, cerca de un río que he atravesado; es la arena que hay en aquella orilla.

-¿Podría yo coger otro tanto? -le preguntó el rey que era muy avaro.

-Y mucho más -le respondió-; hay un barquero, dirigíos a él para pasar el río y podréis llenar todos los sacos que llevéis.

El avaro monarca se puso en seguida en camino, y al llegar a la orilla del río hizo señal al barquero para que arrimase la barca. El barquero le mandó entrar, y en cuanto estuvieron al otro lado, le puso el remo en la mano y saltó fuera. El rey quedó así de barquero en castigo de sus pecados.

-¿Sigue siéndolo todavía?

-¡Ah! sin duda, puesto que nadie le ha tomado el remo.



miércoles, 31 de agosto de 2016

El gato con botas


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Murió un molinero que tenía tres hijos, y no dejó más bienes que su molino, su borriquillo y un gato.
Se hicieron las particiones con gran facilidad y ni el escribano ni el procurador, que se hubieran comido tan pobre patrimonio, tuvieron que entender en ellas.
El mayor de los tres hermanos se quedó con el molino.
El mediano fue dueño del borriquillo.
Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.
El pobre chico se desconsoló al verse con tan pobre patrimonio.
-Mis hermanos -decía- podrán ganarse honradamente la vida trabajando juntos; pero después que me haya comido mi gato y lo poco que me den por su piel, no tendré más remedio que morir de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, se subió de un salto sobre las rodillas de su amo, y acariciándole a su manera, le dijo:
-No os desconsoléis, mi amo; compradme un par de botas y un saco con cordones, y ya veréis como no es tan mala la parte de herencia que os ha tocado.
El chico tenía tal confianza en la astucia de su gato y le había visto desplegar tanto ingenio en la caza de pájaros y de ratones que no desesperó de ser por él socorrido en su miseria. Reunió, pues, algún dinerillo y le compró los objetos que pedía.
El gato se puso inmediatamente las botas, colgóse el saco al cuello, asiendo los cordones con sus patas de delante, y se fue a un soto donde había gran número de conejos.
Colocó de cierto modo el saco al pie de un árbol, puso en su fondo algunas yerbas de tomillo y, haciéndose el muerto, esperó a que algún gazapo, poco instruido en los peligros del mundo, entrase en el saco para regalarse con lo que en él había.
Pocos momentos hacía que estaba apostado, cuando un conejillo entró corriendo en el saco. El gato tiró de los cordones, cogiéndole dentro, y le dio muerte con la mayor destreza.
Orgulloso de su hazaña, se dirigió al palacio del rey de aquella tierra y pidió hablar a S. M.
Condujéronle a la cámara real y, después de hacer una gran reverencia al monarca, le dijo presentándole el conejo:
-Señor, mi amo el señor marqués de Carabás tendrá un placer en que os dignéis probar su caza y os envía este conejo que ha cogido esta mañana en sus sotos.
-Di a tu amo -respondió el rey- que lo acepto con mucho gusto y que le doy las gracias.
El gato salió de palacio saltando de alegría y fue a decir a su amo lo que había hecho.
Algunos días después volvió al bosque, armado con sus botas y su saco, y no tardó en apoderarse de un par de perdices.
Inmediatamente fue a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto gusto las dos perdices que mandó a su tesorero diese al gato algún dinero para beber.
El gato continuó durante dos o tres meses llevando de tiempo en tiempo al rey una parte de su caza. Pero un día supo que el rey debía ir a pasear por la orilla del río con su hija, la princesa más hermosa del mundo, y entonces dijo a su amo:
-Si queréis seguir mis consejos, tenéis hecha vuestra fortuna: id a bañaros al río, en el sitio que yo os diga, y luego dejarme hacer.
El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque no comprendía cuáles pudieran ser sus instintos.
Cuando se estaba bañando llegó el rey a la orilla del río y entonces el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas.
-¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
A este grito el rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, mandó inmediatamente a sus guardias que fuesen en socorro del marqués de Carabás.
En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato, aproximándose a la carroza, dijo al rey que mientras su amo se bañaba unos ladrones le habían robado sus ropas, aunque él había llamado en su auxilio con todas sus fuerzas, y el rey mandó inmediatamente a los oficiales de su guardarropa que fuesen a buscar uno de sus más bellos trajes para el marqués de Carabás.
Después que estuvo vestido se presentó al rey, que le recibió con mucho agrado, y, como las hermosas ropas que acababan de darle aumentaban mucho su natural belleza, la hija del monarca le encontró muy de su gusto y le dirigió una mirada tan tierna y cariñosa que dio algo que pensar a los cortesanos.
El rey invitó al marqués a subir en la carroza y a acompañarle en su paseo y el gato, lleno de júbilo al ver que empezaban a realizarse sus designios, tomó la delantera.
No tardó en encontrar unos labriegos que segaban la yerba de un prado y les dijo:
-Buenas gentes, si no decís al rey que el prado que estáis segando pertenece al señor marqués de Carabás, seréis hechos pedazos tan menudos como las piedras del río.
El rey no dejó de preguntar a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, temerosos por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:
-Es el señor marqués de Carabás.
-Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.
Sí, señor, -respondió éste- este prado me da todos los años productos muy abundantes.
El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos cavadores y les dijo:
-Buenas gentes, si cuando el rey os pregunte no le contestáis que estas tierras son del marqués de Carabas, os harán pedazos tan menudos como las piedras del río.
El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y preguntó a los labriegos.
-Nuestro amo -respondieron éstos- es el señor marqués de Carabás.
Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.
El gato, que iba siempre delante de la carroza, decía lo mismo a todas las gentes que encontraba en el camino y el rey se admiró bien pronto de las grandes riquezas del marqués de Carabás.
El gato llegó, al fin, a un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico de la comarca, pues le pertenecían todos los prados y bosques por donde el rey había pasado.
Después de informarse de las cualidades de este ogro, llegó el gato a su residencia y pidió hablarle, diciendo que no había querido pasar por sus dominios sin presentarle sus respetos.
El ogro le recibió con una gran amabilidad y le hizo reposar.
-Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de poder convertiros en el animal que os parece; que podéis, por ejemplo, trasformaros en elefante, en león...
-Sí, por cierto, -respondió el ogro- y para probároslo vais a verme convertido en león.
La trasformación se verificó instantáneamente, y el gato se espantó tanto al ver un león ante sí que saltó al alero del tejado, no sin alguna dificultad a causa de sus botas, que no servían para andar por las tejas.
Algún tiempo después, viendo que el ogro había recobrado su forma primitiva, el gato descendió y le dijo:
-Me han asegurado también, pero no puedo creerlo, que tenéis asimismo la facultad de trasformaros en los animales pequeños; por ejemplo, que podéis tomar la forma de un ratón. Eso me parece imposible.
-¡Imposible! -exclamó el ogro- ¡vais a convenceros!
Y al mismo tiempo se trasformó en un ratón sumamente pequeño y se puso a correr por la sala.
El gato no esperó más y,lanzándose ágilmente sobre él, le clavó las uñas y los dientes y le degolló.
En tanto, el rey, que al pasar vio el magnífico castillo del ogro, quiso entrar en él a descansar.
El gato, que oyó el ruido de la carroza al rodar sobre el puente levadizo, salió corriendo y dijo al rey:
-¡Bien venido sea V. M. al castillo de mi noble amo el marqués de Carabás!
-¡Cómo, señor marqués!, -dijo el rey al hijo del molinero- ¡es vuestro este castillo! ¡No hay otro tan hermoso en mis estados! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!
El marqués presentó el brazo a la joven princesa y, siguiendo al rey, que marchaba el primero, entraron en una gran sala, donde encontraron servida una opípara cena que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar cuando supieron que el rey estaba allí.
El rey, encantado de las buenas cualidades del marqués y viendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo, después de haber bebido cuatro o cinco copas de un excelente vino:
-Tendría mucho placer, amigo mío, si quisierais ser mi yerno.
El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó la honrosa proposición del rey y pocos días después dio la mano de esposo a la joven y bella princesa.
El gato fue todo un gran señor y ya no corrió tras los ratones sino por pura diversión.
Nunca se separó de su amo y algunas veces le decía con tono grato:
-Ya veis como el ingenio y la industria valen más que todas las herencias.
Aquel gato era un gran filósofo.

domingo, 28 de agosto de 2016

Piel de asno

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Érase un rey el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temían y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era tan cariñosa y encantadora y tantos atractivos tenía su ingenio, que si el rey era dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenían una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecía la referencia, pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al despertar el asno.

Turbó la felicidad de los regios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fue agravando a pesar de haberse acudido a todos los auxilios de la ciencia y de haber llamado todos a los médicos. Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:

-Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver casarte...

-¡Jamás! ¡Jamás! -exclamó el rey sollozando.

-Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver a casarte a menos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única a quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco después la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperación de su esposo. El dolor trastornó algo su razón, y a los pocos meses dio en mandar comparecer a su presencia a todas las jóvenes de la corte, después a las de la ciudad y luego a las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podía compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto día declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, sería su esposa. Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que querían engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita, al saber lo que ocurría, fuese llorosa a encontrar a su madrina, que era la más poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

-Sé lo que te trae a mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razón, no conviene que le contraríes abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo del Hada, y el rey llamó a todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos a la obra, a los dos días tenía el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

-Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa, el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de palacio y le dijo:

-Quiero dentro de cuatro días un vestido más brillante que la luna.

En el plazo señalado la infanta tuvo el vestido que eclipsaba el brillo de la luna. Al verlo la madrina murmuró al oído de su ahijada:

-Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.

El rey mandó llamar a un rico diamantista y le dio la orden de hacer un vestido de brocado y piedras preciosas, amenazándole con mandarle cortar la cabeza si no lograba satisfacer sus deseos. Antes de terminar la semana la infanta tuvo el vestido, y al verlo fue grande su desesperación porque era más brillante que el astro del día. Entonces le dijo su madrina:

-Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo el asno, como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que el Hada le aconsejaba y el rey mando sin vacilar matar el asno, despellejarlo y llevar la piel a la joven, que quedose abatida pues ya no sabía qué pedir. Animola su madrina recordándole que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego le dijo que sola y disfrazada huyese a algún lejano reino.

-Aquí tienes, -añadió-, una caja donde pondremos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubíes. Te doy mi varita, y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita e inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar qué había sido de ella. La infanta, mientras tanto, continuaba su camino, pidiendo limosna a cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla a su servicio. Y siguió andando, andando, y fue lejos, muy lejos; y por último llegó a una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar, barrer y limpiar la gamella de los cerdos. Relegada a un rincón de la cocina, burlábanse de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus quehaceres más indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas se ponía unas veces el vestido de luna otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse joven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros días y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde había hallado colocación la infanta, tenía su corral un rey muy poderoso, y que allí se criaban las aves más raras y los animales más preciosos, que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algún refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Piel de Asno desde lejos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latía el corazón de una princesa. Sin poder evitarlo se decía:

-Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un día se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Piel de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vio a la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe contemplola deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazón, y por más que le admirara el vestido más le admiró su belleza. El blanco y sonrosado color de su tez, los arrogantes perfiles de su cara y su espléndida juventud, unido todo a cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Tres veces levantó el brazo para derribar la puerta, pero otras tantas le contuvo el temor de hallarse delante de un hada y retirose a su palacio pensativo. Suspiró desde entonces noche y día, huyó de todas las diversiones, incluso la de la caza, y perdió el apetito. Preguntó quién era aquella admirable belleza que vivía en el fondo de un corral, al extremo de un espantoso callejón, en el que la oscuridad era completa en pleno día, y se le contestó que se la llamaba Pellejo de asno, a causa de la piel que llevaba en el cuello; añadiendo que no había cómo mirarla para sentirse curado de amor, pues era más fea que la más horrible fiera.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazón la imagen de la infanta. La reina, que no tenía otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistía su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que pudo lograr fue le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Piel de Asno. No supo la reina a quien se refería su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

-¡Cielo santo! Piel de asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.

-No importa, -exclamó la reina-; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente a su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Piel de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitación. Limpiose el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dio comienzo a su tarea. Se cuenta que, mientras trabajaba, se le cayó del dedo, fuese casualidad o no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabía que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió con mucho apetito la empanada, que halló exquisita, y por poco se traga el anillo. Afortunadamente se fijó en él, admirole la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.

Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió a separarse. Pero su mal fue en aumento, y consultados los médicos dijeron que estaba enfermo de amor. Resolvieron sus padres casarle, y el príncipe les contestó:

-Solo me casaré con la joven a cuyo dedo se ajuste este anillo.

Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron a contrariarle e inmediatamente anunciaron que se casaría con el príncipe la joven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron a hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningún oficio ni sabiendo cómo vivir de su trabajo, se meten a curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; joven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Diose principio a la prueba, comenzando por las princesas, a las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, siendo el anillo demasiado estrecho para cuantos dedos se presentaron. Comparecieron las demás jóvenes, más todos los ensayos resultaron inútiles. Llegoles el turno a las criadas y fregonas, pero el anillo quedose sin colocación, y creyose que el príncipe moriría de pena, pues sólo faltaba Piel de Asno y a ninguna persona sensata podía ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada a ser reina.

-¿Por qué no? -exclamó el príncipe.

Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:

-Entra, Pellejo de Asno, hágase la prueba.

Introducida la fregona a presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó a su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban a volver de su asombro. Dijéronle que debía presentarse ante el rey y le aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido menos sucio. Piel de Asno fue a cambiarse de vestido, y cuando volvió a comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiración, porque nadie recordaba haber visto belleza semejante, realzada por unos ojos azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle la esbeltez de la palmera; sus diamantes deslumbraban y su traje era tan rico que no admitía comparación. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver a la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos qué decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó a todos los monarcas vecinos, quienes abandonaron sus Estados, montados unos en grandes elefantes, otros caballeros en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenían velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la joven desposada, que ya había recobrado la razón. Grande fue su sorpresa y mayor su alegría al encontrar a su hija, a quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fue el contento del príncipe al saber quién era su novia. En aquel instante apareció la madrina, que contó todo lo ocurrido, y luego celebráronse las bodas y todos fueron dichosos.

sábado, 27 de agosto de 2016

Los tres deseos


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Había una vez un hombre, que no era muy rico, que se casó con una bella mujer. Una noche de invierno, sentados junto al fuego, comentaban la felicidad de sus vecinos que eran más ricos que ellos.

-¡Oh! -decía la mujer- si pudiera disponer de todo lo que yo quisiera, sería muy pronto mucho más feliz que todas estas personas.

-Y yo -dijo el marido-. Me gustaría vivir en el tiempo de las hadas y que hubiera una lo suficientemente buena como para concederme todo lo que yo quisiera.

En ese preciso instante, vieron en su cocina a una dama muy hermosa, que les dijo:

-Soy un hada; prometo concederles las tres primeras cosas que deseen; pero tengan cuidado: después de haber deseado tres cosas, no les concederé nada más.

Cuando el hada desapareció, aquel hombre y aquella mujer se hallaron muy confusos:

-Para mí, que soy el ama de casa -dijo la mujer- sé muy bien cuál sería mi deseo: no lo deseo aún formalmente, pero creo que no hay nada mejor que ser bella, rica y fina.

-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.

-¿De qué serviría una larga vida, si se es pobre? -dijo la mujer-. Eso sólo serviría para ser desgraciado durante más tiempo. En realidad, el hada habría debido prometer concedernos una docena de deseos, pues hay por lo menos una docena de cosas que yo necesitaría.

-Eso es cierto -dijo el marido- pero démonos tiempo, pensemos de aquí a mañana por la mañana, las tres cosas que nos son más necesarias, y luego las pediremos.

-Puedo pensar en ello toda la noche -dijo la mujer- mientras tanto, calentémonos pues hace frío.

Mientras hablaba, la mujer cogió unas tenazas y atizó el fuego; y cuando vio que había bastantes carbones encendidos, dijo sin reflexionar:

-He aquí un buen fuego, me gustaría tener un alna de morcilla para cenar, podríamos asarla fácilmente.

Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó por la chimenea un alna de morcilla.

-¡Maldita sea la tragona con su morcilla! -dijo el marido-; no es un hermoso deseo, y sólo nos quedan dos que formular; por lo que a mí respecta, me gustaría que llevaras la morcilla en la punta de la nariz.

Y, al instante, el hombre se percató de que era más tonto aún que su mujer, pues, por ese segundo deseo, la morcilla saltó a la punta de la nariz de aquella pobre mujer que no podía arrancársela.

-¡Qué desgraciada soy! -exclamó- ¡eres un malvado por haber deseado que la morcilla se situara en la punta de mi nariz!

-Te juro, esposa querida, que no he pensado en que pudiera ocurrir -dijo el marido-. ¿Qué podemos hacer? Voy a desear grandes riquezas y te haré un estuche de oro para tapar la morcilla.

-¡Cuídate mucho de hacerlo! -prosiguió la mujer- pues me suicidaría si tuviera que vivir con esta morcilla en mi nariz, te lo aseguro. Sólo nos queda un deseo, cédemelo o me arrojaré por la ventana.

Mientras pronunciaba estas frases corrió a abrir la ventana y su marido, que la amaba, gritó:

-Detente mi querida esposa, te doy permiso para que pidas lo que quieras.

-Muy bien, -dijo la mujer- deseo que esta morcilla caiga al suelo.

Y al instante, la morcilla cayó. La mujer, que era inteligente, dijo a su marido:

-El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón. Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Créeme, amigo mío, no deseemos nada y tomemos las cosas como Dios tenga a bien mandárnoslas; mientras tanto, comámonos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres deseos.

El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían podido desear.

FIN

viernes, 26 de agosto de 2016

El pescador y su mujer


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Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza, a la orilla del mar. El pescador iba todos los días a echar su anzuelo, y le echaba y le echaba sin cesar.

Estaba un día sentado junto a su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia su límpida agua, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo y al sacarle tenía en la punta un barbo muy grande, el cual le dijo: -Te suplico que no me quites la vida; no soy un barbo verdadero, soy un príncipe encantado; ¿de qué te serviría matarme si no puedo serte de mucho regalo? Échame al agua y déjame nadar.

-Ciertamente, le dijo el pescador, no tenías necesidad de hablar tanto, pues no haré tampoco otra cosa que dejar nadar a sus anchas a un barbo que sabe hablar.

Le echó al agua y el barbo se sumergió en el fondo, dejando tras sí una larga huella de sangre.

El pescador se fue a la choza con su mujer: -Marido mío, le dijo, ¿no has cogido hoy nada?

-No, contestó el marido; he cogido un barbo que me ha dicho ser un príncipe encantado y le he dejado nadar lo mismo que antes.

-¿No le has pedido nada para ti? -replicó la mujer.

-No, repuso el marido; ¿y qué había de pedirle?

-¡Ah! -respondió la mujer; es tan triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia e infecta como esta; hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama al barbo, dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará de seguro.

-¡Ah! -dijo el marido, ¿y por qué he de volver?

-¿No le has cogido, continuó la mujer, y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo.

El marido no hacía mucho caso; sin embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, la vio toda amarilla y toda verde, se acercó al agua y dijo:

Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.

El barbo avanzó hacia él y le dijo: -¿Qué quieres?

-¡Ah! -repuso el hombre, hace poco que te he cogido; mi mujer sostiene que hubiera debido pedirte algo. No está contenta con vivir en una choza de juncos, quisiera mejor una casa de madera.

-Puedes volver, le dijo el barbo, pues ya la tiene.

Volvió el marido y su mujer no estaba ya en la choza, pero en su lugar había una casa pequeña, y su mujer estaba a la puerta sentada en un banco. Le cogió de la mano y le dijo: -Entra y mira: esto es mucho mejor.

Entraron los dos y hallaron dentro de la casa una bonita sala y una alcoba donde estaba su lecho, un comedor y una cocina con su espetera de cobre y estaño muy reluciente, y todos los demás utensilios completos. Detrás había un patio pequeño con gallinas y patos, y un canastillo con legumbres y frutas. -¿Ves, le dijo la mujer, qué bonito es esto?

-Sí, la dijo el marido; si vivimos siempre aquí, seremos muy felices.

-Veremos lo que nos conviene, replicó la mujer.

Después comieron y se acostaron.

Continuaron así durante ocho o quince días, pero al fin dijo la mujer: -¡Escucha, marido mío: esta casa es demasiado estrecha, y el patio y el huerto son tan pequeños!... El barbo hubiera debido en realidad darnos una casa mucho más grande. Yo quisiera vivir en un palacio de piedra; ve a buscar al barbo; es preciso que nos dé un palacio.

-¡Ah!, mujer, replicó el marido, esta casa es en realidad muy buena; ¿de qué nos serviría vivir en un palacio?

-Ve, dijo la mujer, el barbo puede muy bien hacerlo.

-No, mujer, replicó el marido, el barbo acaba de darnos esta casa, no quiero volver, temería importunarle.

-Ve, insistió la mujer, puede hacerlo y lo hará con mucho gusto; ve, te digo.

El marido sentía en el alma dar este paso, y no tenía mucha prisa, pues se decía: -No me parece bien, -pero obedeció sin embargo.

Cuando llegó cerca del mar, el agua tenía un color de violeta y azul oscuro, pareciendo próxima a hincharse; no estaba verde y amarilla como la vez primera; sin embargo, reinaba la más completa calma. El pescador se acercó y dijo:

Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.

-¿Qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido medio turbado, quiere habitar un palacio grande de piedra.

-Vete, replicó el barbo, la encontrarás a la puerta.

Marchó el marido, creyendo volver a su morada; pero cuando se acercaba a ella, vio en su lugar un gran palacio de piedra. Su mujer, que se hallaba en lo alto de las gradas, iba a entrar dentro; le cogió de la mano y le dijo: -Entra conmigo. -La siguió. Tenía el palacio un inmenso vestíbulo, cuyas paredes eran de mármol; numerosos criados abrían las puertas con grande estrépito delante de sí; las paredes resplandecían con los dorados y estaban cubiertas de hermosas colgaduras; las sillas y las mesas de las habitaciones eran de oro; veíanse suspendidas de los techos millares de arañas de cristal, y había alfombras en todas las salas y piezas; las mesas estaban cargadas de los vinos y manjares más exquisitos, hasta el punto que parecía iban a romperse bajo su peso. Detrás del palacio había un patio muy grande, con establos para las vacas y caballerizas para los caballos y magníficos coches; había además un grande y hermoso jardín, adornado de las flores más hermosas y de árboles frutales, y por último, un parque de lo menos una legua de largo, donde se veían ciervos, gamos, liebres y todo cuanto se pudiera apetecer.

-¿No es muy hermoso todo esto? -dijo la mujer.

-¡Oh!, ¡sí! -repuso el marido; quedémonos aquí y viviremos muy contentos.

-Ya reflexionaremos, dijo la mujer, durmamos primero; y nuestras gentes se acostaron.

A la mañana siguiente despertó la mujer siendo ya muy de día y vio desde su cama la hermosa campiña que se ofrecía a su vista; el marido se estiró al despertarse; diole ella con el codo y le dijo:

-Marido mío, levántate y mira por la ventana; ¿ves?, ¿no podíamos llegar a ser reyes de todo este país? Corre a buscar al barbo y seremos reyes.

-¡Ah!, mujer, repuso el marido, y por qué hemos de ser reyes, yo no tengo ganas de serlo.

-Pues si tú no quieres ser rey, replicó la mujer, yo quiero ser reina. Ve a buscar al barbo, yo quiero ser reina.

-¡Ah!, mujer, insistió el marido; ¿para qué quieres ser reina? Yo no quiero decirle eso.

-¿Y por qué no? -dijo la mujer; ve al instante; es preciso que yo sea reina.

El marido fue, pero estaba muy apesadumbrado de que su mujer quisiese ser reina. No me parece bien, no me parece bien en realidad, pensaba para sí. No quiero ir; y fue sin embargo.

Cuando se acercó al mar, estaba de un color gris, el agua subía a borbotones desde el fondo a la superficie y tenía un olor fétido; se adelantó y dijo:

Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece;
es preciso darla lo que se merece.

-¿Y qué quiere tu mujer? -dijo el barbo.

-¡Ah! -contestó el marido; quiere ser reina.

-Vuelve, que ya lo es, replicó el barbo.

Partió el marido, y cuando se acercaba al palacio, vio que se había hecho mucho mayor y tenía una torre muy alta decorada con magníficos adornos. A la puerta había guardias de centinela y una multitud de soldados con trompetas y timbales. Cuando entró en el edificio vio por todas partes mármol del más puro, enriquecido con oro, tapices de terciopelo y grandes cofres de oro macizo. Le abrieron las puertas de la sala: toda la corte se hallaba reunida y su mujer estaba sentada en un elevado trono de oro y de diamantes; llevaba en la cabeza una gran corona de oro, tenía en la mano un cetro de oro puro enriquecido de piedras preciosas, y a su lado estaban colocadas en una doble fila seis jóvenes, cuyas estaturas eran tales, que cada una la llevaba la cabeza a la otra. Se adelantó y dijo:

-¡Ah, mujer!, ¿ya eres reina?

-Sí, le contestó, ya soy reina.

Se colocó delante de ella y la miró, y en cuanto la hubo contemplado por un instante, dijo:

-¡Ah, mujer!, ¡qué bueno es que seas reina! Ahora no tendrás ya nada que desear.

-De ningún modo, marido mío, le contestó muy agitada; hace mucho tiempo que soy reina, quiero ser mucho más. Ve a buscar al barbo y dile que ya soy reina, pero que necesito ser emperatriz.

-¡Ah, mujer! -replicó el marido, yo sé que no puede hacerte emperatriz y no me atrevo a decirle eso.

-¡Yo soy reina, dijo la mujer, y tú eres mi marido! Ve, si ha podido hacernos reyes, también podrá hacernos emperadores. Ve, te digo.

Tuvo que marchar; pero al alejarse se hallaba turbado y se decía a sí mismo: No me parece bien. ¿Emperador? Es pedir demasiado y el barbo se cansará.

Pensando esto vio que el agua estaba negra y hervía a borbotones, la espuma subía a la superficie y el viento la levantaba soplando con violencia, se estremeció, pero se acercó y dijo:

Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.

-¿Y qué quiere? -dijo el barbo.

-¡Ah, barbo! -le contestó; mi mujer quiere llegar a ser emperatriz.

-Vuelve, dijo el barbo; lo es desde este instante.

Volvió el marido, y cuando estuvo de regreso, todo el palacio era de mármol pulimentado, enriquecido con estatuas de alabastro y adornado con oro. Delante de la puerta había muchas legiones de soldados, que tocaban trompetas, timbales y tambores; en el interior del palacio los barones y los condes y los duques iban y venían en calidad de simples criados, y le abrían las puertas, que eran de oro macizo. En cuanto entró, vio a su mujer sentada en un trono de oro de una sola pieza y de más de mil pies de alto, llevaba una enorme corona de oro de cinco codos, guarnecida de brillantes y carbunclos; en una mano tenía el cetro y en la otra el globo imperial; a un lado estaban sus guardias en dos filas, más pequeños unos que otros; además había gigantes enormes de cien pies de altos y pequeños enanos que no eran mayores que el dedo pulgar.

Delante de ella había de pie una multitud de príncipes y de duques: el marido avanzó por en medio de ellos, y la dijo:

-Mujer, ya eres emperatriz.

-Sí, le contestó, ya soy emperatriz.

Entonces se puso delante de ella y comenzó a mirarla y le parecía que veía al sol. En cuanto la hubo contemplado así un momento:

-¡Ah, mujer, la dijo, qué buena cosa es ser emperatriz!

Pero permanecía tiesa, muy tiesa y no decía palabra.

Al fin exclamó el marido:

-¡Mujer, ya estarás contenta, ya eres emperatriz! ¿Qué más puedes desear?

-Veamos, contestó la mujer.

Fueron enseguida a acostarse, pero ella no estaba contenta; la ambición la impedía dormir y pensaba siempre en ser todavía más.

El marido durmió profundamente; había andado todo el día, pero la mujer no pudo descansar un momento; se volvía de un lado a otro durante toda la noche, pensando siempre en ser todavía más; y no encontrando nada por qué decidirse. Sin embargo, comenzó a amanecer, y cuando percibió la aurora, se incorporó un poco y miró hacia la luz, y al ver entrar por su ventana los rayos del sol...

-¡Ah! -pensó; ¿por qué no he de poder mandar salir al Sol y a la Luna? Marido mío, dijo empujándole con el codo, ¡despiértate, ve a buscar al barbo; quiero ser semejante a Dios!

El marido estaba dormido todavía, pero se asustó de tal manera, que se cayó de la cama. Creyendo que había oído mal, se frotó los ojos y preguntó:

-¡Ah, mujer! ¿Qué dices?

-Marido mío, si no puedo mandar salir al Sol y a la Luna, y si es preciso que los vea salir sin orden mía, no podré descansar y no tendré una hora de tranquilidad, pues estaré siempre pensando en que no los puedo mandar salir.

Y al decir esto le miró con un ceño tan horrible, que sintió bañarse todo su cuerpo de un sudor frío.

-Ve al instante, quiero ser semejante a Dios.

-¡Ah, mujer! -dijo el marido arrojándose a sus pies; el barbo no puede hacer eso; ha podido muy bien hacerte reina y emperatriz, pero, te lo suplico, conténtate con ser emperatriz.

Entonces echó a llorar; sus cabellos volaron en desorden alrededor de su cabeza, despedazó su cinturón y dio a su marido un puntapié gritando:

-No puedo, no quiero contentarme con esto; marcha al instante.

El marido se vistió rápidamente y echó a correr, como un insensato.

Pero la tempestad se había desencadenado y rugía furiosa; las casas y los árboles se movían; pedazos de roca rodaban por el mar, y el cielo estaba negro como la pez; tronaba, relampagueaba y el mar levantaba olas negras tan altas como campanarios y montañas, y todas llevaban en su cima una corona blanca de espuma. Púsose a gritar, pues apenas podía oírse él mismo sus propias palabras:

Tararira ondino, tararira ondino,
hermoso pescado, pequeño vecino,
mi pobre Isabel grita y se enfurece,
es preciso darla lo que se merece.

-¿Qué quieres tú, amigo? -dijo el barbo.

-¡Ah, contestó, quiere ser semejante a Dios!

-Vuelve y la encontrarás en la choza.

Y a estas horas viven allí todavía.